22 Julio 2007
Adiós Morocha
El desafío de escribir una historia de amor
diferente
Esta es la historia de la primera
vez de una mujer con otra mujer. De cómo
se empieza a ser bi. Y que pasan cosas
parecidas tratándose del amor. No
importa entre que sexos se de. Son
cuestiones de cupido, finalmente. Y gana
por mayoría la teoría de que una indefectiblemente se enamora de quién inicia
en la aventura de los cuerpos y de las almas.
De amar y ser amado
No conocían este mar, que muchos lo
llenaron de olas de vergüenza. Pero
estas aves, sin alpiste, se dedicaron a descubrir como es el sabor de unos
labios del mismo lado. Del mismo
sexo. Prófugas del que dirán de los
vecinos escandalizados, con lo que todavía no había sucedido pero sucedió. A pedido de los chismes.
A la morocha la conquistaron. Es así; de verdad. Y sería lindo decir, como los chicos ahora:
posta. De un derrotero de personas. De
amores y de desamores, a la morocha urbana, la conquistaron finalmente. Y si se
puede aventurar el por qué, de una historia, que quien sabe si terminó o no, a
lo mejor será para descubrir que el amor no tiene envase. Ni jeans ni minifaldas. Es.
Será
por eso que morocha nació el día que ella la nombró por primera vez.
El
lenguaje entre las dos se convirtió ya en leyenda. Y morocha, a modo de toda respuesta, esgrime
un: rubia. El código, la contraseña entre las dos y un ud., que exime al
tuteo, pone una impronta de respeto
entre ambas.
En fin.
Todo empezó un año cualquiera. Antes del 2000. El padre de morocha, era el administrador de
un viejo edificio, estilo francés, en el corazón del barrio de Palermo
Viejo. Ella había vivido en él, desde
los 12 años hasta los 27 en el que salió para casarse como Dios manda. Con un hombre. Volvió diez años después. Separada y con una hija. A los 36 sumó un retoño más. Su vida en pareja terminaba con una con la
cuál compartió diez años de su vida. Y
con la otra tres, hasta que nació el varón.
Lo demás fueron ilusiones.
Bombones, que de vez en cuando, la vida te da.
Mientras empieza a volver, su padre
le habla de una nena, que no puede abrir la puerta de entrada del
edificio. Y decía cosas como por ejemplo, no sé por qué
tienen que darle la llave, etc. Moro
solo reía. Con respeto por sus canas y
por el desparpajo de esa niña a los nueve años.
De animarse con un recto hombre grande que se las veía con cualquier
toro que el destino le presentara. Esa fue la única presentación oficial y de terceros de lo que sería el más grande
amor. Siguió la vida de todos. El papá se fue un doce de octubre del
2000. La soledad apabullaba.
Sola en un departamento con una criatura. En el 2003 cargaba ya una panza considerable.
Aquella chica, que resultó ser la rubia, se hizo mujer y tiempo después,
mientras la vida no dejó de pasar, madre.
Un día cualquiera, encontró a Morocha, en la entrada del edificio, qué
ironía, abriendo la puerta, tocó su
vientre y dijo: ay qué lindo, ¡estás
embarazada!. Se miraron. Y el choque de
miradas fue increíble. De un lado un
lindo par de ojos azules y enormes.
Inocentes, increíbles. Llenos de
brillo de mares y océanos y de una
inocencia sin par. De otro, un marrón
queriéndose asemejar el color miel.
Lejos de asociar aquella chiquita de las rabietas alojadas en las sienes
del administrador, morocha la saludó sin reconocerla. La rubia estaba al tanto de la vecina del piso de abajo, sin que aquella se diera
por aludida. Un tierno varón heredó los ojos azules de la rubia. Y así empezaron a compartir la vida. En una taza de azúcar. En la mamadera que se rompió en el momento menos pensado. En el pañal que faltaba en lo más
oportuno. En los parches para tapar lo
roto. Los equilibrios para tapar lo
chueco, lo descosido. De las cintas de
los descartables que nunca pegan como deben.
Cómplices de las travesuras de uno y de otro hijo. De ser mamá y papá al mismo tiempo. De jugar con la nena a la muñeca, de patear
el penal en el arco del varón.
Las miradas declararon lo que todo
callaba pero se iba haciendo evidente.
El tiempo pasaba y ambas se unían más.
Empezaban a desconocer estar separadas.
Cualquier detalle era la excusa.
Y los demás empezaban a preguntarse qué raro misterio se estaba gestando
e encubriendo bajo el nombre con que se bautizaron, también se disfrazaron y que siempre se dieron: amigas.
El cuerpo en privado, sin desnudarse
del todo, vulnerables
Se dieron permiso para compartir los
avatares de la vida cuando golpeaba fuerte y duro. Hubo amores, desamores, engaños,
desengaños. Tristezas, alegrías, finales
y despedidas. Cortas y eternas. Se fue la morocha de vacaciones. Se fue la rubia. Se fueron porque debían irse. Pero también se fueron escapando lo que del
corazón ya no se contenía. Estos solo se esperaban.
Volvió
una a buscar a la otra. Encararon la más
engorrosa conversación que pudieron haber mantenido. Había miles de razones. El sexo.
La edad. La familia. La gente que
conocía a ambas. Los vecinos. El qué dirán, los prejuicios. Sabían que nada entre ellas podían pasar. Convencidas de las innumerables razones por
las que no debía ser. Sin embargo nació este amor sin que ninguna de las dos se
diera cuenta. Se lo reconocieron. Se dijeron lo que debían decirse. Lo que todo el mundo observaba. Lo que todo el mundo reclamaba. Inexpertas las manos se recorrieron. Pararon.
Torpes. Inseguras, esto no debía
ocurrir. No debía pasar. No se podía.
Terminaron. Una sola vez, se
asomaron a lo prohibido y ya no pudieron mirarse igual que antes. Y una vez, se convirtió en más veces,
aisladas. Muy lejos. Muy de vez en cuando. Alguna vez algún pico selló las palabras con
un beso. Y las miradas que siguen
hablándose. De este amor que pudo, que
puede o que podrá, tal vez. O solo fue,
de aquellos que te besan en la boca y se van.
Pero que dejaron la huella
impresa en los labios y en el alma.
Y rotularon una identidad que ya no es lo que era. Ahora es bi.
Saldo. Un saludo: Adiós, Morocha. Un hijo, gritando
su nombre, debajo de su ventana, como si fuera un Romeo, moderno. Fueron vecinas ya no lo son. Convivieron.
Ya no. Una dice que encontró el
amor, en un hombre. La otra sembró de
esperanza sus soledades.
Todavía
no se sabe si la eternidad cupo en unos meses o la historia continuará.
De la mini y de los jeans.
El amor entre mujeres, es distinto,
es diferente. En la misma proporción en
que es prohibido
Sabemos de los ciclos. De las
nueve lunas y de todas las lunas. Cuando
cortarse el pelo, por ejemplo. Pelearnos
por no dejar que la otra se tiña y haga un mamarracho con su cabeza. Adivinamos el gruñir con que se anuncia la
marea roja. Y solamente una mujer que
las padece puede entenderla, mucho más que el más amoroso de los amantes. Marido, esposo, novio.
Sabemos de esperar el caballero
andante, el que nos hará conocer las instalaciones de un castillo. Sabremos del Quijote, sabemos de la
dulcinea. Sabemos, intuimos que el amor
no debería tener la obligación de tener sexo.
Que cupido a veces dispara la flecha por instinto.
La sensibilidad de los días
aquellos. De lo que se padece rezando en
un atraso. Y si bien hay una ley que
dice que los opuestos se atraen. Queda
demostrado que el amor ignora los mitos, las reglas y las sentencias, es o no
es.
Morocha urbana.
servido por Mònica Beatriz
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22 Julio 2007
El desafío de escribir una historia de amor
diferente
Esta es la historia de la primera
vez de una mujer con otra mujer. De cómo
se empieza a ser bi. Y que pasan cosas
parecidas tratándose del amor. No
importa entre que sexos se de. Son
cuestiones de cupido, finalmente. Y gana
por mayoría la teoría de que una indefectiblemente se enamora de quién inicia
en la aventura de los cuerpos y de las almas.
De amar y ser amado
No conocían este mar, que muchos lo
llenaron de olas de vergüenza. Pero
estas aves, sin alpiste, se dedicaron a descubrir como es el sabor de unos
labios del mismo lado. Del mismo
sexo. Prófugas del que dirán de los
vecinos escandalizados, con lo que todavía no había sucedido pero sucedió. A pedido de los chismes.
A la morocha la conquistaron. Es así; de verdad. Y sería lindo decir, como los chicos ahora:
posta. De un derrotero de personas. De
amores y de desamores, a la morocha urbana, la conquistaron finalmente. Y si se
puede aventurar el por qué, de una historia, que quien sabe si terminó o no, a
lo mejor será para descubrir que el amor no tiene envase. Ni jeans ni minifaldas. Es.
Será
por eso que morocha nació el día que ella la nombró por primera vez.
El
lenguaje entre las dos se convirtió ya en leyenda. Y morocha, a modo de toda respuesta, esgrime
un: rubia. El código, la contraseña entre las dos y un ud., que exime al
tuteo, pone una impronta de respeto
entre ambas.
En fin.
Todo empezó un año cualquiera. Antes del 2000. El padre de morocha, era el administrador de
un viejo edificio, estilo francés, en el corazón del barrio de Palermo
Viejo. Ella había vivido en él, desde
los 12 años hasta los 27 en el que salió para casarse como Dios manda. Con un hombre. Volvió diez años después. Separada y con una hija. A los 36 sumó un retoño más. Su vida en pareja terminaba con una con la
cuál compartió diez años de su vida. Y
con la otra tres, hasta que nació el varón.
Lo demás fueron ilusiones.
Bombones, que de vez en cuando, la vida te da.
Mientras empieza a volver, su padre
le habla de una nena, que no puede abrir la puerta de entrada del
edificio. Y decía cosas como por ejemplo, no sé por qué
tienen que darle la llave, etc. Moro
solo reía. Con respeto por sus canas y
por el desparpajo de esa niña a los nueve años.
De animarse con un recto hombre grande que se las veía con cualquier
toro que el destino le presentara. Esa fue la única presentación oficial y de terceros de lo que sería el más grande
amor. Siguió la vida de todos. El papá se fue un doce de octubre del
2000. La soledad apabullaba.
Sola en un departamento con una criatura. En el 2003 cargaba ya una panza considerable.
Aquella chica, que resultó ser la rubia, se hizo mujer y tiempo después,
mientras la vida no dejó de pasar, madre.
Un día cualquiera, encontró a Morocha, en la entrada del edificio, qué
ironía, abriendo la puerta, tocó su
vientre y dijo: ay qué lindo, ¡estás
embarazada!. Se miraron. Y el choque de
miradas fue increíble. De un lado un
lindo par de ojos azules y enormes.
Inocentes, increíbles. Llenos de
brillo de mares y océanos y de una
inocencia sin par. De otro, un marrón
queriéndose asemejar el color miel.
Lejos de asociar aquella chiquita de las rabietas alojadas en las sienes
del administrador, morocha la saludó sin reconocerla. La rubia estaba al tanto de la vecina del piso de abajo, sin que aquella se diera
por aludida. Un tierno varón heredó los ojos azules de la rubia. Y así empezaron a compartir la vida. En una taza de azúcar. En la mamadera que se rompió en el momento menos pensado. En el pañal que faltaba en lo más
oportuno. En los parches para tapar lo
roto. Los equilibrios para tapar lo
chueco, lo descosido. De las cintas de
los descartables que nunca pegan como deben.
Cómplices de las travesuras de uno y de otro hijo. De ser mamá y papá al mismo tiempo. De jugar con la nena a la muñeca, de patear
el penal en el arco del varón.
Las miradas declararon lo que todo
callaba pero se iba haciendo evidente.
El tiempo pasaba y ambas se unían más.
Empezaban a desconocer estar separadas.
Cualquier detalle era la excusa.
Y los demás empezaban a preguntarse qué raro misterio se estaba gestando
e encubriendo bajo el nombre con que se bautizaron, también se disfrazaron y que siempre se dieron: amigas.
El cuerpo en privado, sin desnudarse
del todo, vulnerables
Se dieron permiso para compartir los
avatares de la vida cuando golpeaba fuerte y duro. Hubo amores, desamores, engaños,
desengaños. Tristezas, alegrías, finales
y despedidas. Cortas y eternas. Se fue la morocha de vacaciones. Se fue la rubia. Se fueron porque debían irse. Pero también se fueron escapando lo que del
corazón ya no se contenía. Estos solo se esperaban.
Volvió
una a buscar a la otra. Encararon la más
engorrosa conversación que pudieron haber mantenido. Había miles de razones. El sexo.
La edad. La familia. La gente que
conocía a ambas. Los vecinos. El qué dirán, los prejuicios. Sabían que nada entre ellas podían pasar. Convencidas de las innumerables razones por
las que no debía ser. Sin embargo nació este amor sin que ninguna de las dos se
diera cuenta. Se lo reconocieron. Se dijeron lo que debían decirse. Lo que todo el mundo observaba. Lo que todo el mundo reclamaba. Inexpertas las manos se recorrieron. Pararon.
Torpes. Inseguras, esto no debía
ocurrir. No debía pasar. No se podía.
Terminaron. Una sola vez, se
asomaron a lo prohibido y ya no pudieron mirarse igual que antes. Y una vez, se convirtió en más veces,
aisladas. Muy lejos. Muy de vez en cuando. Alguna vez algún pico selló las palabras con
un beso. Y las miradas que siguen
hablándose. De este amor que pudo, que
puede o que podrá, tal vez. O solo fue,
de aquellos que te besan en la boca y se van.
Pero que dejaron la huella
impresa en los labios y en el alma.
Y rotularon una identidad que ya no es lo que era. Ahora es bi.
Saldo. Un saludo: Adiós, Morocha. Un hijo, gritando
su nombre, debajo de su ventana, como si fuera un Romeo, moderno. Fueron vecinas ya no lo son. Convivieron.
Ya no. Una dice que encontró el
amor, en un hombre. La otra sembró de
esperanza sus soledades.
Todavía
no se sabe si la eternidad cupo en unos meses o la historia continuará.
De la mini y de los jeans.
El amor entre mujeres, es distinto,
es diferente. En la misma proporción en
que es prohibido
Sabemos de los ciclos. De las
nueve lunas y de todas las lunas. Cuando
cortarse el pelo, por ejemplo. Pelearnos
por no dejar que la otra se tiña y haga un mamarracho con su cabeza. Adivinamos el gruñir con que se anuncia la
marea roja. Y solamente una mujer que
las padece puede entenderla, mucho más que el más amoroso de los amantes. Marido, esposo, novio.
Sabemos de esperar el caballero
andante, el que nos hará conocer las instalaciones de un castillo. Sabremos del Quijote, sabemos de la
dulcinea. Sabemos, intuimos que el amor
no debería tener la obligación de tener sexo.
Que cupido a veces dispara la flecha por instinto.
La sensibilidad de los días
aquellos. De lo que se padece rezando en
un atraso. Y si bien hay una ley que
dice que los opuestos se atraen. Queda
demostrado que el amor ignora los mitos, las reglas y las sentencias, es o no
es.
Morocha urbana.
servido por Mònica Beatriz
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11 Junio 2007
Para aquellos que desen conocerme aunque sea por foto, los invito a mi metroflog. Allì podràn saber algo de mì... www.metroflog. com/morochadiosa
servido por Mònica Beatriz
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20 Mayo 2007
Morocha urbana
La peligrosa sensualidad
de su boca te provoca
Porque insolente seduce misterios
Cuando le canta al aire
Por donde sus piernas caminan
Si te atreves a fijarte
Sus ojos
Paren la mirada
que desnuda anarquías
liberando las palabras
Que sangran las letras
Que emula a los poetas
Que saben cuando callan
Reverenciándolos a ellos
Que cuando hablan
Cantan glorias
Porque cree a muerte
En las cosas que se dicen
Y en las que se llevan
En el silencio
De la madrugada cuando duerme
En las que se firman
De puño y letra
En el si quiero
Que se dice con el compromiso
Sin emitir sonido
Del alma en la mano
Con toda la enseñanza
De la escuela de la vida
Envuelta en la adrenalina
de su chal que colecciona glicinas,
sahumerios y sonrisas
De visitante eterna de las cornisas
De pescarse in fragante en los abismos
A la vuelta de la esquina
Para estar finalmente
cara a cara
Frente a frente al destino
Habitué con asistencia perfecta
de todos los precipicios
Fiel a los horizontes
Pintados de arco iris
Envuelta en las endórfinas
Del peligroso reto
De ser genuinamente ella misma
Hechiza con su paso por donde anda
Y trata de ponerle el bálsamo
De su mejor sonrisa a sus heridas
Porque coquetea y le hace el amor
A los azares del destino y al desatino
Gritándole piedra libre
A las casualidades
haciendo paso a paso su camino
De su garganta parte el suspiro
De las quijotadas de los sueños
en las bravuras cotidianas
en las valentías más osadas
en los pecados redimidos
y en los desamores sin redimir
en las faldas de las canciones
y en las minifaldas
de las prostitutas venganzas
que lleva en sus labios todavía
al rouge que enloquece
y la boca que despertó sus pasiones
en el recóndito lugar donde guarda
los besos
que le devolvieron sus amaneceres
en los ojos color cielo
que huyeron de su amor
porque se atreve al tango
a la balada
y a las lágrimas de blues
porque cree en la piel de gallina
en el respeto por sí
que no se compra que no se vende
que la lleva a andar erguida, vertical
y no arrastrando su alma
detrás de los que más pueden
porque intenta buscar
la dignidad de sus muertos
que lleva todavía en su alma
la música en su garganta
probando los aires de libertad
en su cuerpo
Morocha Urbana. Mónica Beatriz Gervasoni
servido por Mònica Beatriz
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20 Mayo 2007
Verano del 2006, un 14 de febrero
Querida ojos de cielo:
Te escribo porque es necesario que sepas todo lo que ignoras…Todo lo que guardan mis ojos, cuando paran de llorar tu ausencia…Que sepas por ejemplo, que cuando llegaste a mi casa, a mi vida, se detuvo el almanaque. Y aunque los días, embusteros ellos, mentían que pasaban, que sucedían, una colección de calendarios confesaba a contrapelo de la costumbre y a los gritos: hoy y siempre será catorce de febrero. El día en que llegaste.
Hoy es imperioso contarle, que bendigo el momento que el reloj de la vida, nos puso puntual ahí. Frente a frente. Que fue hermoso coincidir en esta existencia
Me es urgente comunicarle que la amo de cuerpo y alma. Que nuestra historia para mal o para bien no terminó que es un eterno continuará… Le confieso, soy capaz de alcanzar las nubes y besarlas…para después escribir en ellas mi amor inmortal Para que se lo lleven acaso a otro cielo. Que sería capaz de escalarlo y preguntarle a Dios, porque si la hizo cruzar en mi camino, ud. No me ama…Que no obstante, por si acaso, si algún día, las estrellas fugaces desearan concederme el único deseo que suplico, seguiría pidiendo: que ud. Me ame.
Le escribo para que al abrir esta carta se encuentre con una caja de Pandora y rescate, uno a uno, sus recuerdos, que le pertenecen, que también hoy son los míos. Y para protegerlos por si acaso el destino nos empiece a llevar por distintos caminos.
De las incontables caminatas bajo la lluvia, mojándonos la piel y riéndonos a carcajadas. De qué fuimos cómplices. Sin llamarnos nunca amor. Porque coincidíamos que era una palabra muy grande y sin embargo nos cupo. De hablarnos por celular hasta último momento hasta llegar detrás de la puerta de mi habitación donde yo siempre escribiendo, simplemente la esperaba.
De su hija dando los primeros pasos en mi casa. De mi hijo, enamorado de ud. Cuál romeo. Repitiendo su nombre debajo de su ventana.
Y para que sepas que aunque no estés a mi lado, este catorce de febrero, llenaré la casa de almanaques y señalaré en ellos el día en que me enamoré por primera vez después de 30 años sin saber lo que era amar…
Para informarle que el pedazo de vida que compartimos está inscripto en la página de un cuaderno con solapas de pétalos de rosa.
Perpetuar por ejemplo todo lo que nos dijimos. Las excusas que nos decían a los gritos, que este amor jamás podía ser… Pero las miradas ganaron y el deseo pudo más…y cuando el deseo manda, la pasión obedece. Busqué el cielo en tus ojos y lo encontré. Tu mano guió la mía, como si hubiera sido la primera vez que amé. La llevó por tu cuerpo, hasta llegar al mismísimo lugar donde estallas al amar. Mis dedos entrelazados a los tuyos. Y todo el cielo danzando por la ventana. La luna regocijándose mirando a los amantes. Tus gemidos llenaron de música mis oídos. Te acurrucaste en mí te abracé. Y solo después sabiéndose uno en el otro. Finalmente nos dormimos. Yo soñando con vos, vos soñando conmigo.
Gracias, porque por vos he sentido. Galopar en mil latidos. Gracias porque descubrí que estaba viva. Gracias porque descubrí mis caricias en vos. Gracias por poder tener tus manos entre las mías.
Gracias porque he comprendido que, es cierto, que a veces para entrar al cielo no es necesario morir…
Gracias, porque el destino preparó una mesa, dos copas de vino… nos invitó a vos y a mí y dejó que a la vida se le vaya la mano…
Bueno, habiéndose confesado mi corazón, debo despedirme. Hasta siempre, ojalá volvamos a vernos. Su morocha.
Morocha urbana
servido por Mònica Beatriz
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20 Mayo 2007
20 Mayo 2007
17 Mayo 2007
Suspiros del alma que se escapan sin censura. Sueños sabor a molinos de viento.
Sé que no puedes mirar cuando me voy. Sè que no quieres mirar cuando me estoy yendo. Sè que no puedo dejar de mirarte cuando me voy. Sè que no puedo, sè que no quiero irme de tu lado. Pero sè que debo.
servido por Mònica Beatriz
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